SOCHIMEV advierte sobre el impacto de la IA en los vínculos afectivos y la salud mental
La irrupción de la inteligencia artificial en la vida cotidiana está comenzando a transformar no solo la manera de trabajar o informarse, sino también la forma en que las personas se relacionan afectivamente. Así lo plantea la Dra. Amanda Carrasco, encargada del Comité de Salud Mental de la Sociedad Chilena de Medicina del Estilo de Vida (SOCHIMEV), en Emol al analizar los resultados del Norton Insights Report: Artificial Intimacy 2026, que revela que un 62% de los chilenos que utiliza aplicaciones de citas consideraría salir con una inteligencia artificial y que un 31% cree posible desarrollar sentimientos románticos hacia ella.
Las cifras se insertan en un contexto marcado por altos niveles de soledad: el 85% de los chilenos declara sentirse solo, porcentaje que alcanza al 92% en la Generación Z. Para la especialista, este escenario ayuda a comprender por qué la tecnología comienza a ocupar un lugar en la esfera emocional (“las personas antropomorfizan fácilmente aquello que responde con empatía aparente; los chatbots ofrecen disponibilidad constante, ausencia de juicio y una sensación de apoyo que puede generar una ilusión de cercanía”). La Dra. Carrasco explica que, en el corto plazo, estas interacciones pueden producir alivio emocional e incluso una mejora transitoria de la autoestima, especialmente en personas que atraviesan períodos de aislamiento o vulnerabilidad (“son experiencias que pueden percibirse como contenedoras porque entregan atención permanente y sin fricción”). Sin embargo, advierte que la evidencia científica muestra efectos menos favorables cuando este tipo de vínculo se vuelve frecuente o exclusivo.
Según detalla, distintos estudios han observado que el uso habitual de chatbots de compañía se asocia a menor bienestar emocional general y a la posibilidad de desarrollar dependencia afectiva (“se han descrito cuadros de ansiedad o tristeza cuando el acceso a la IA se interrumpe o cuando cambia su forma de responder”). A ello se suma un elemento crítico desde el punto de vista clínico: la inteligencia artificial no cuenta con criterio terapéutico ni con capacidad real de contención en situaciones de crisis, y puede entregar respuestas inadecuadas o potencialmente dañinas.